>> Home English |Quienes somos  |  Publicaciones  |  Campaña  |  Miembros  |  Links  |  Contacto   
Problemática
Ambiental
Problemática
Socio-Laboral
Historia y
Política
Propuestas y
Alternativas

Problemática Socio-Laboral

     

La vida de los migrantes

Mujeres y hombres capaces de arriesgar todo lo que poseen con el único objetivo de proporcionar una vida más digna a los suyos.

por Jeanneth Vargas Quesada

Al igual que muchos otros compatriotas suyos, David dejó su casa, dejó su tierra. Atrás quedaron sus padres y sus hermanos. Con la dirección de una tía que vivía en algún barrio de San José, comenzó su largo viaje hacia Costa Rica, lleno de ilusiones y esperanzas.


Foto: Piet den Blanken

Empujados por el instinto de sobrevivencia, en búsqueda de mejores condiciones de vida, los seres humanos se desplazan hacia otras naciones. Por su condición de país limítrofe y un relativo desarrollo con respecto a Centroamérica, Costa Rica es uno de los principales receptores de las migraciones nicaragüenses.

Con un 70% de desempleo, el más alto índice de América Latina, Nicaragua enfrenta hoy las consecuencias de los largos períodos bélicos matizados con serias catástrofes naturales que, desde su independencia, han sofocado a esa nación.

En 1990, los procesos de pacificación aminoraron el conflicto armado en Centroamérica, a pesar de ello, la situación de los pueblos no mejoró. Por el contrario: son quienes hoy pagan la mala obra de sus gobiernos.

La población más pobre se ve obligada a abandonar su lugar de origen, utilizando diferentes medios de transpone, arriesgando su vida y la de su familia. Recurren a la migración como una respuesta desesperada a la situación que viven.

En Busca de trabajo

Al igual que muchos otros compatriotas suyos, David dejó su casa, dejó su tierra. Atrás quedaron sus padres y sus hermanos. Con la dirección de una tía que vivía en algún barrio de San José comenzó su largo viaje hacia Costa Rica, lleno de ilusiones y esperanza.

Aunque Rivas, su tierra natal, no está lejos de la frontera, él no la conocía. Con un pasaporte, una visa de turista y 200 córdobas se aproximó decididamente al puesto fronterizo de Peñas Blancas. Al igual que él, cientos de personas hacían fila en el puesto de salida de Nicaragua.

En el control de entrada a Costa Rica, cambió sus córdobas, y conoció la nueva moneda: cuatro mil colones para llegar hasta San José. Un largo viaje de seis horas que ya eran doce desde que salió de su casa. Sacó un número de teléfono, de la patrona donde trabajaba su tía, y la llamó. Frente al parque La Merced lo esperó Rosa, para llevarlo hasta el cuarto que compartía con tres de sus hijos y dos sobrinos más.

Aquel niño de quince años duró un mes buscando emplearse en la capital y sólo pudo trabajar una semana lavando carros a media­noche.

-En las bananeras de Limón hay mucho trabajo y se gana bien, vete p’ allá-, le dijo la tía. David partió un lunes a Cariari de Pococí. Preguntó por trabajo y lo mandaron a -La Catalina-, una finca bananera; caminó hasta la plantación, porque ya no tenía para ese pasaje, habló con el capataz y al siguiente día ya tenía enganche y un catre donde dormir.

Ya para entonces su pasaporte se había vencido, y sus compañeros de cuarto empezaron a contarle lo riesgoso que era caminar por el pueblo sin papeles. De miedo a que se lo -cargaran- y lo llevaran hasta Nicaragua, David pasó cinco meses sin salir al pueblo.

Cuando lo hizo, se salvó de casualidad, porque a dos de sus amigos les pidieron los papeles y tuvieron que entregar todo su salario para que los dejaran libres. De las tardes de -beis- con sus amigos a los domingos de dominó y cerveza en los baches de las bananeras. Un fin de semana, únicamente con una radio, un tablero, la fonda y la soledad de los bananales.

El reino de la arbitrariedad

La emigración es un fenómeno macizo de nuestros tiempos, un fenómeno permanente que toma también nuezas formas e interesa a todos los continentes, y a casi todos los países, planteando problemas humanos y espirituales (Juan Pablo 117).

Ante la situación de las migraciones forzadas, los nicaragüenses en Costa Rica son sujetos de múltiples arbitrariedades por parte de las autoridades costarricenses y de la explotación por el o la empleadora; no tienen acceso a los servicios básicos tales como salud, educación o vivienda. Viven casi en la clandestinidad y tampoco pueden gozar de las garantías laborales.

Doña Ángela trabaja, desde hace ocho años, en Costa Rica para mantener y ver crecer a sus ocho hijos. Primero se instaló en un restaurante, donde pasaba desde las dos de la tarde hasta las tres de la madrugada, soportando los gritos de su patrona, quien se enojó porque le dijo que se sentía mal.

Buscó trabajo en el comercio, pero no tenía documentos. Fue a la bananera y le pidieron los papeles. Trabajó entonces empacando yuca de seis a seis, todo el día de pie con las manos dentro del agua lavando las raíces. El día que se cortó un dedo, mientras despuntaba la yuca, su patrón la despidió; le dijo que volviera dentro de dos semanas por la platilla de los últimos tres días que le debía.

El control migratorio

Las políticas inmigratorias de numerosas naciones se encuentran en crisis. La última década del siglo XX, así como la primera del siglo XXI, estarán caracterizadas como una era de migraciones (Stephen Castles, La era migratoria).

Desde hace varios años, los gobiernos de Costa Rica han intensificado las medidas restrictivas en su política migratoria, con el fin de frenar el ingreso desmedido de nicaragüenses, aunque el Ministerio de Trabajo reconoce la necesidad que tiene Costa Rica de mano de obra y conoce la sobreoferta que presenta Nicaragua, dada la crisis económica del país.

Costa Rica, en la ponencia presentada durante una reunión bilateral realizada en San José, el 30 de enero de 1995, reconoce la permanencia en su territorio de un alto porcentaje de nicaragüenses -indocumentados-; estima esta población en alrededor de tres­cientas mil personas: -300 mil nicaragüenses que no han normalizado su condición migrátoria-.

No hay estadísticas que sirvan como referencia para definir de manera precisa el número de nicaragüenses indocumentados -ilegales- que hay en el país, pero puede considerarse demasiado moderada la cifra que aporta el gobierno. Bien puede hablarse ya de más de medio millón de personas. Un punto importante de referencia lo constituye el ingreso, que alcanza alrededor de 600 personas por día en un solo puesto fronterizo.

Las residencias temporales o permanentes constituyen los tradicionales mecanismos de legalización; sin embargo, no todas las personas reúnen los requisitos y el dinero necesario para conseguir tal estatus. El carne de refugiado constituye otra medida, pero sólo abarca situaciones de guerra.

En 1995 se creó un tarjeta estacional de trabajo, pero su tramitación dependía de la disponibilidad del patrón para normalizar su situación con sus empleados. Pocos se vieron beneficiados, dado que para las empresas implicaba un mayor gasto económico, empezando por ci hecho de que teman que asegurarles y pagarles salarios mínimos.

Durante el presente año (1998), los gobiernos de Costa Rica y Nicaragua discuten la necesidad de crear un mecanismo de control que regule y, al mismo tiempo, facilite la utilización de la mano de obra nica. Sin embargo, pese a los convenios y tratados establecidos entre ambos países, la gran mayoría de indocumentados en el país no tiene posibilidades de documentarse.

Una realidad que no se puede ocultar

La participación de los medios de comunicación ha contribuido a fortalecer una actitud de rechazo por parte del ciudadano costarricense común. Si bien es cierto que algunos migrantes han cometido abusos, la descripción que la prensa ha hecho de los mismos ha generado actitudes xenofóbicas en la población costarricense.

La gente en general, está desinformada sobre la magnitud del problema y de la situación crítica que atraviesa ci pueblo nicaragüense. Simultáneamente al crecimiento del flujo de nicaragüenses hacia Costa Rica, aumentan las medidas de control migratorio.

A pesar de que existen puestos migratorios en las zona fronterizas y se mantiene una estricta vigilancia, el ingreso de nicaragüenses al territorio costarricense continúa.

La crisis económica, política y social que viven los hermanos nicaragüenses es aun más grave si se considera que las demandas del mercado internacional obligan a los gobiernos a sacrificar sus pueblos para satisfacérselas. Dada la cruda realidad que atraviesa Nicaragua, el incremento en las emigraciones de sus hijos no se detiene.

Continúan llegando a Costa Rica, legales e ilegales, profesionales y analfabetos, trabajadores y gente que tiene problemas con la justicia; todos ellos constituyen mano de obra barata para la construcción, la zafra, la recolección de café, las actividades domésticas, las plantaciones bananeras.

 

Más textos sobre el tema

Libertad Sindical >>
Las empresas bananeras violan flagrantemente el derecho a la libre sindicalizacion y a la negociacion colectiva a pesar de estar ello estipulado en la legislacion nacional y en los Convenios de la OIT que tiene firmado y ratificado Costa Rica.

Salud y Plaguicidas >>
El uso irracional e incontrolado de plaguicidas, ha representado un problema para la salud humana, tanto de los trabajador@s como de las comunidades aledañas, y para el medio ambiente.

Mujer Trabajadora >>
Las mujeres componen la mayor parte de la fuerza laboral en las plantas empacadoras. Cuando baja la produccion, su jornada semanal es rebajada drasticamente, con fuerte impacto en los hijos que muchas veces estan creando solas

Migrantes e Indígenas >>
Los trabajadores migrantes, campesinos de Nicaragua e indiginas de Panama, son uno de los sectores de los trabajadores mas marginalizados en la producción bananera.

Condiciones Laborales >>
Las empresas bananeras transacionales y nacionales violan importantes derechos laborales, como es el derecho a un trabajo estable, sano y digno.

Comunidades Bananeras y Desarrollo >>
Las comunidades bananeras se encuentran entre las comunidades de menor desarrollo de Costa Rica.