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REVISTA FORO

       
Lucha social en Costa Rica
La hora de la madurez
Tomás Saraví

En nuestro lenguaje cotidiano utilizamos muchas veces la vieja frase: “no hay mejor defensa que un buen ataque”. Por diversas razones, la sociedad costarricense, sus fuerzas sociales, parecen vivir una etapa que permite suponer un alza en sus luchas, en sus reivindicaciones. ¿Cuáles son los hechos que fundamentan esa voz de esperanza?

En primer lugar, si nos atenemos a lo más negativo de los últimos veinte años, advertimos que en este período se intensificó la más cruda ofensiva contra la economía popular. Pruebas al canto: se sucumbió ante la ofensiva gestada –como siempre- en el Norte; se comenzó a desalentar la producción agrícola autóctona, se atendió a los cantos d e sirena de los famosos “ajustes estructurales”, se intensificó la importación de granos (por ejemplo, el maíz amarillo), se desalentó a las familias campesinas (los labriegos sencillos) y se las fue desplazando del tablero económico-social.

Por aquello del “doble lenguaje”, se impulsaba a las pequeñas empresas, pero se destrozaba sin misericordia el corazón de la patria, que es el agro. Si al menos hubieran existido planes de verdadero desarrollo económico, pero lo que se impulsó en función de las políticas dictadas por el FMI, el BM y la Secretaría del Tesoro de Estados Unidos fue el reinado de la maquila, de las zonas francas, de los hipersupermercados.

Al gobierno de turno no le tembló el pulso cuando eliminó el ferrocarril, sin pensar en las zonas que dejaba desguarnecidas. Interesaba más traer a INTEL y favorecer a las exportaciones del enclave bananero que pensar en las familias que, en todo el territorio nacional, vieron llegar en aluvión productos que hasta aquel momento habían sido “su” patrimonio. Comenzaron a llegar toneladas de pasas procesadas importadas del Norte: a pocos les preocupaba que nuestros tradicionales productores paperos quedaran sin sustento.

Los ajustes surgidos del Consenso de Washington y todas las medidas paralelas que incluía esa estrategia deterioraron seriamente la salud de nuestra economía. Mientras tanto, la corrupción se multiplicaba: cuando se supo lo del Banco Anglo (una de las mayores ignominias en nuestra historia), el gobierno de turno, sin chistar, cerró esa institución. Hasta Muñeca comprendió que era una forma de tapar la participación de los altos mandos estatales en esa componenda.Simultáneamente, los famosos Certificados de Abono Tributario robustecían los fondos de la oligarquía.

La estrategia de supervivencia

Hemos analizado lo más negativo de las dos últimas décadas. Lo sorprendente, sin embargo, cuando pasamos revista a lo acontecido en el campo popular durante ese duro período, es que mucho se ha construido, a pesar de la estrategia del bipartidismo. El núcleo de nuestra interpretación es el siguiente: frente a la monolítica y sofocante política de ajustes y de rapiña que en los últimos veinte años llevan adelante las fuerzas oligárquico- imperialistas, el sector popular armó, sobre la marcha, su propia estrategia de supervivencia. Como parte de esa actitud de contraofensiva, una parte del campesinado comienza a preocuparse por las tecnologías apropiadas de producción, por la agricultura orgánica, por su inserción en la agroindustria.

En un Documento marco para orientación preparado por Romano Sancho y Dennis Montero, a pedido del Movimiento de Agricultura Orgánica Costarricense (MAOCO), con el propósito de apoyar la elaboración de una Estrategia Nacional de Agricultura Orgánica, se explica: “La influencia del neoliberalismo en el país, mediante los ajustes estructurales y los discursos políticos, ha puesto la eficiencia empresarial como valor supremo para el desarrollo socioeconómico del país.

La dificultad para confrontar este discurso ha generado un repliegue del movimiento campesino, carente de una visión que lo reivindique. Sin embargo, hay matices de esta situación; se reconocen algunos virajes hacia la discusión del tema de la crisis del modelo vigente, desde el campesinado, principalmente en los espacios locales.” Los citados autores relacionan la situación existente con el sector indígena, al señalar: “Las propuestas homogenizantes de sociedad resultantes del neoliberalismo, han empezado a provocar reacciones y a colocar en el debate nacional la cuestión indígena ligada a valores y riquezas culturales, derechos comunitarios, control sobre recursos en el territorio, y el rescate de elementos centrales de la agricultura indígena, como aportes sustantivos hacia una forma de desarrollar la agricultura que permita contar con producciones adecuadas, sanas, que respeten a las personas, al ambiente y que vayan modificando relaciones sociales y económicas a todas luces injustas (Asociación Cultural Ngöbeque 2002 ).”

Adviértase la analogía con el pensamiento implícito en la acción de las grandes poblaciones indígenas sudamericanas (en especial las de Bolivia, Perú y Ecuador) que enfrentan en esta época, más que nunca, las propuestas de los regímenes capitalistas e imperantes en aquella región. Se trata, en rigor, de una mancomunión de fuerzas campesinas e indígenas en toda América Latina, en estrecha relación con las fuerzas del trabajo en el sector industrial y en las grandes ciudades, contra el proceso asfixiante de globalización, que se concreta en los tratados de libre comercio, el Plan Puebla-Panamá, el proceso del ALCA y todas las propuestas implícitas en el pensamiento y la acción neoliberal a todos los niveles.

Sin embargo, surgieron nuevas fuerzas

Así como nos hemos referido a la intensa ofensiva neoliberal de los últimos años, debemos recapacitar sobre el fenómeno social paralelo, que no se detiene –más bien se extiende y se multiplica– en el campo popular, al cual ya hemos hecho referencia en la sección anterior.

Debemos ser muy cuidadosos para no caer, en Costa Rica, en la famosa teoría del pobrecitico. Al sentirse tan golpeado, una parte del pueblo siente la tentación de caer en actitudes autoconmiserativas. Es lógico que así suceda: los golpes, cada día, son muy fuertes. Los robos en las altas esferas son demasiado groseros como para que no se produzca un sordo sentimiento de rabia y de sensación de impotencia en los sectores más aplastados. Sin embargo –y sobre esto deseamos poner énfasis en esta ocasión, han surgido nuevas fuerzas. Durante el intenso proceso de luchas populares contra el neoliberalismo en Costa Rica, que en el 2003 se centró en manifestaciones populares contra la acción del equipo


Busch en Afganistán e Irak, y el infortunado apoyo del presidente Pacheco a aquellos actos de crimen e ignominia (apoyo que mereció un severo llamado de atención de la Corte Suprema de Justicia, merced a la presión del pueblo tico en las calles), y que en el 2004 se manifestó con la reprobación de todos los sectores costarricenses (con excepción, claro está, de la oligarquía pro-imperialista encaramada en las grandes Cámaras) con respecto al Tratado de Libre Comercio, pudo comprenderse con absoluta claridad que nuestra sociedad había despertado, finalmente, de cierto letargo que la mantenía aparentemente insensible ante la dura realidad internacional y nacional, y que había regresado a sus raíces: a la postura combativa y enérgica de Juanito Mora en la lucha contra los filibusteros.

Cuando, a lo largo del 2004, comenzaron a conocerse (a pesar de los esfuerzos de la prensa comercial que, quiérase o no, responde a los lineamentos del 95% de las grandes agencias informativas en mano de las transnacionales de la información) el Manifiesto de Talamanca, la Declaración de Siquirres, el Manifiesto de Guácimo, que respondían, como muchos documentos nacionales, a la libre expresión del pueblo en cabildos abiertos, en cabildos populares, en asambleas de gremios y otras organizaciones sociales, pudo comprobarse la gravedad de la situación. Centenares de artículos y cartas públicas pusieron de relieve la reacción, firme y decidida, del pueblo organizado frente al Tratado de Libre Comercio.

Lamentablemente, la visión completa de este fenómeno político y cultural no pudo ser apreciada en conjunto por la sociedad, como hemos dicho, debido a la actitud reticente y culpable de una prensa manejada por el sector oligárquico- imperialista.Al día de hoy, una buena parte de la población –incluidos cuadros políticos y sociales– no conoce el Manifiesto de Talamanca y cientos de documentos similares que, paradójicamente, se han incorporado a la h istoria nacional sin que el conjunto del pueblo haya podido aún conocerlos.

El país futuro está en marcha

El clima de discusión democrática que se generó en los últimos dos años puso de relieve que el pueblo no estaba dormido: solo faltaba saltar el cerco de la represión mental e informativa. Sólo faltaba congregarse para enfrentar las grandes causas que, finalmente, son las que motivan que la ciudadanía demuestre su ira, su disconformidad, su verdadero pensamiento.

Comienza a advertirse, en esta situación realmente nueva, que el país entrañable está dispuesto a todo. No es una casualidad que estos veinte años de entrega, de desmontaje de la economía nacional, de aceptación de políticas y doctrinas importadas por los falsos profetas –en rigor, negociadores y enviados del imperialismo- por medio de sus “discursos de memoria”, no hayan impedido que se formara en el país una nueva generación de agricultores orgánicos (familias enteras, en verdad), de exportadores de esos productos, de técnicos y científicos surgidos de las universidades nacionales y de organismos como el INA, de una nueva generación de productos de “software” que hace tiempo exporta sus conocimientos y sus programas al resto del mundo, de multitud de artesanos, de pequeñas y medianas empresas: una multitud que cubre el país en forma silenciosa y casi invisible.

Sí: el nuevo país está en marcha. Quizás uno de los símbolos más claros de esta situación que no alcanzamos a ver en su plenitud porque nuestros propios árboles nos impiden ver el bosque, haya sido la multitudinaria manifestación encabezada por los rectores de las cuatro universidades nacionales, por las mismas avenidas donde, semana tras semana, se manifestaron todos los sectores populares, en muestra de reprobación al Tratado de Libre Comercio. Quizás ese acto del pueblo y de las universidades pueda ser interpretado, simbólicamente, como el punto de convergencia de los trabajadores manuales e intelectuales de un país que ya no come cuento. La formula es sencilla, quizás de una simplicidad extrema: el nuevo país está en marcha. Pero la lucha recomienza cada día. Aún debemos incendiar muchos mesones.

 

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