Alternativa Productiva
para un Nuevo Comienzo
por Javier Bogantes El banano ha sido un fruto
apetecible desde épocas precoloniales y poscoloniales. Colonizadores
y colonizados se interesaron por este sabroso y alimenticio fruto. Para
los indígenas de las regiones tropicales era fuente esencial
de su alimentación y la de sus animales; lo cultivaron en sus
huertos entre los bosques y lo festejaron en sus fiestas procesado como
chicha de banano. Los colonizadores y neo-colonizadores siempre se interesaron
por el comercio de este fruto; trajeron y llevaron diversas variedades
desde muy lejanos lugares. El banano fue comprendido como un negocio
que se llevó a la situación más aberrada y absurda
en las enormes plantaciones sembradas a finales del siglo pasado por
las diversas compañías estadounidenses.
Los monocultivos bananeros se establecieron en los
diversos países de América Latina en regiones habitadas
por pueblos indígenas. Continuando con las políticas de
exterminio aplicadas contra los pueblos indígenas norteamericanos,
los neocolonialistas bananeros se enfrentaron con estas culturas; apoyados
por los gobiernos del momento violentaron de todas las formas posibles
la tranquilidad de estos pueblos, hasta hacerlos huir de sus tierras.
Cuando los monocultivos se establecieron, la biodiversidad
y la riqueza natural de estas regiones desapareció. Las enormes
extensiones de plantación se convirtieron en fuentes de contaminación
y de conflictos sociales. Si bien el establecimiento de estos sistemas
de producción implicó considerables divisas y puestos
de trabajo, no es posible medir los costos ambientales y sociales que
la irrupción de las transnacionales bananeras ha significado
para estos países bananeros.
Lo que sí puede afirmarse es que cuando se
camina por alguna de estas regiones en Ecuador, Colombia o Costa Rica,
se percibe el ambiente deprimido y pobre, y el deterioro ambiental y
social, en los lugares donde se han establecido estos monocultivos.
En regiones como Apartado oUrabá en Colombia, Bocas de Toro en
Panamá o en el Valle de la Estrella, en Costa Rica, se siente
ese ambiente triste.
Cuando la conciencia y el sentido común se
impongan, no será necesario realizar demasiados estudios científicos
para comprobar algo que es evidente: que el embate de los agrotóxicos
que deben aplicarse en estas extensiones de monocultivos es insostenible.
La afectación de las cuencas hidrográficas y el deterioro
de los suelos permiten comprender la alteración desastrosa en
los ecosistemas en donde se establecen estas compañías.
El conocimiento del comportamiento de la naturaleza
como un sistema, en donde todos los diversos ecosistemas están
integrados, nos permite deducir que estas fuentes de contaminación
que son las grandes plantaciones bananeras pueden estar afectando los
ecosistemas circunvecinos y que, entre estos ecosistemas, los más
afectados son los acuáticos.
Para comprobar eso, a veces solamente es necesario
conversar con los niños, quienes suelen contarnos historias de peces
muertos en las vertientes, camarones que desaparecieron o extraños olores
en algunas de las pozas en donde ya no pueden bañarse.
La tierra: un ser vivo y sagrado
La agricultura orgánica se ha puesto de moda.
En poco tiempo políticos y oportunistas comenzaron a utilizar
el discurso, sin conocer sus implicaciones y fundamentos. Un mundo orgánico
falso será peor que el convencional, porque el problema con la
corrupción de estos conceptos salvadores es que se pierde la
esperanza de que la relación con la naturaleza cambie realmente.
No es exagerado decir que la agricultura orgánica
es imprescindible para lograr una sustentabilidad planetaria. Este sistema
no es sólo un planteamiento técnico agrícola, se
trata de una transformación de los valores que han imperado en
las relaciones entre los seres humanos, y entre éstos y la naturaleza.
En principio, es preciso cambiar la aptitud a partir de la cual todos
los demás seres están alrededor del ser humano para servirle
o para que éste los use a su antojo para satisfacer sus necesidades
o su codicia. En ese sentido podemos comprender el respeto a la biodiversidad
de especies y de culturas.
Es necesario alcanzar una clara comprensión
de los pensamientos cosmogónicos indígenas, a partir del
principio fundamental de que la tierra es un ser vivo y sagrado. Este
principio, en su aplicación técnica, nos llevará
a la implementación de los diversos métodos para evitar
la erosión, la desertización y la esterilidad de la tierra
por sobreexplotación. Si este cambio de aptitud respecto a la
relación del hombre con la tierra se extendiese a las diversas
interrelaciones laborales y económicas, sería muy posible
que se lograsen no solo transformaciones en lo agrícola, sino
en lo urbanístico, y en todos los aspectos infraestructurales
y de explotación de los recursos mineros.
Otro principio relacionado con la transformación
de la concepción antropocéntrica será el de la
fraternidad, un cambio de actitud en el cual así como nos relacionamos
con la naturaleza y los demás seres de una manera respetuosa
y no egoísta, igualmente aplicaremos este principio en las relaciones
intergeneracionales, de género y con todas las personas con las
que nos relacionemos. Por esto se ha planteado que no servirá
de mucho si la agricultura orgánica se aplica como una técnica
va dora con una mentalidad convencional. Sería, parafraseando
a Erich Fromm, un medio correcto en manos de personas erróneas.
Un elemento de gran importancia será, asimismo,
la concepción de sistema, la comprensión del tejido que
nos une en la naturaleza y las vinculaciones que conmueven los ecosistemas.
La comprensión de estas vinculaciones fortalecerán nuestra
responsabilidad como actores y actoras en un sistema en donde todo está
sutilmente relacionado. Es en este sentido en que la aplicación
de una filosofía de lo orgánico no deberá de ninguna
forma fomentar procesos aislacionistas.
Los modelos "de resistencia"
La agricultura tradicional comprende las interrelaciones
de las culturas autóctonas con la naturaleza. Las técnicas
de cultivo, la alimentación, la cosmovisión las creencias.
El conocimiento mágico es en muchas regiones del planeta el que
guía las actividades de los seres humanos con la agricultura,
la cacería, la salud. Este conocimiento parte de la interacción
y la observación profunda de la naturaleza.
La tradición de las culturas vernáculas
parte, por lo general, de valores muy diversos de los que guiaron las
colonias y la depredación de las que fueron victimas. La agricultura
tradicional practicada por las culturas indígenas definitivamente
mantuvo estilos sostenibles de producción y vida hasta que fueron
avasalladas y obligadas a huir y aplicar estilos de vida y producción
de resistencia. Tuvieron, en muchos casos, que huir a montanas no aptas
para la agricultura y reiniciar las prácticas agrícolas
ante enormes dificultades.
Esa economía y agricultura de resistencia continúa
aplicándose en muchas regiones de América Latina. En Costa
Rica, las culturas indígenas y algunas poblaciones campesinas
y afrocaribeñas continúan aplicando estos modelos de resistencia.
En el caso indígena, particularmente los Bribris, no hay que
olvidar dos aspectos fundamentales: el primero es que a principios de
siglo fueron obligados a dejar los valles y retirarse a las montañas,
y aunque después recuperaron los territorios por el retiro de
la compañía, la afectación a los ecosistemas era enorme.
El proceso de recuperación fue realmente ejemplar, pero aún
el valle de Talamanca es un valle sumamente alterado.
El otro aspecto es que esta población y, por
lo general, las demás poblaciones indígenas, viven en
territorios demarcados que ante el aumento de población ya no
son suficientes; desde el punto de vista ecológico y en relación
con las técnicas de cultivo tradicional comienzan a darse problemas.
Por ejemplo, el sistema tradicional de roza y quema funciona cuando
un terreno puede descansar hasta siete años, dependiendo de las condiciones
especificas. Actualmente hay familias con gran numero de hijos y poca
tierra que no pueden esperar tanto tiempo para dejar cumplir el ciclo.
Al continuar la utilización de las quemas sin el debido ciclo
de recuperación, se ponen en evidencia los problemas de erosión,
sedimentación de los ríos y disminución de fertilidad.
En situaciones como las expuestas, la agricultura
orgánica puede dar valiosos aportes, desde el punto de vista
técnico agrícola y también político y económico.
Porque la perspectiva que inmediatamente propone el sistema convencional
es el paquete de insumos y agrotóxicos para contrarrestar estos
problemas. Igualmente, se plantea la agricultura de plantación
y el comercio convencional, en el cual los agricultores quedan dependientes
de técnicos, vendedores de venenos e intermediarios. Esto ya
ha sucedido en Talamanca con el plátano; en algunas regiones
ya se han introducido estas peligrosas soluciones.
La agricultura orgánica plantea soluciones
más integrales, a partir de las cuales lo prioritario será
la recuperación de los suelos, por medio de terrazas contra la
erosión, barreras vivas, uso de leguminosas, abonos verdes, diversificación
de cultivos y uso de fertilizantes producidos en aboneras en las mismas
comunidades y otras técnicas.
Una experiencia exitosa y arriesgada
En las condiciones expuestas en este artículo,
la Fundación Güilombé inició un proceso de
trabajo para la recuperación de la plantación de banano
en un sistema agroecológico. Este proceso ha sido de gran interés,
porque ha consistido en la integración práctica del sistema
tradicional con diversas técnicas de agricultura orgánica;
también se ha procurado alcanzar un modelo de comercialización
y de acopio que no repita los procedimientos de un mercado donde los
que más ganan son los intermediarios. Para esto es que se ha
creado, junto con varias personas de la comunidad, la sociedad llamada
Ucanehu. Es una entidad socialista en la cual los socios buscan prioritariamente
el mayor ingreso para los productores y la justicia en estas relaciones
de intercambio.
El banano orgánico es un producto del que se
habla mucho en los últimos tiempos. Hay gran interés por
parte de los consumidores y, por supuesto, por parte de los productores.
Pero esto también comprende un riesgo por el mismo hecho de que
la característica de este sistema de producción es el
manejo bajo la cobertura boscosa, lo que por supuesto implica que la
siembra no debe intensificarse. También es importante que el
sistema contenga una gran diversidad de cultivos y un manejo de los
suelos que prevenga la extenuación de las cualidades nutritivas.
Estos principios peligran cuando, por lo prometedor del negocio, se
comienzan a eludir condiciones que son prioritarias para lograr un estilo
sostenible de producción y vida. Un criterio desarrollista en
este sistema podría perjudicar seriamente lo que se espera, que
es un proceso productivo rentable para los productores que permita el
mantenimiento de los bosques, los acuíferos y la fertilidad de
los suelos. También se ha considerado de vital importancia la
posibilidad de introducirse en un mercado que ha estado siempre manejado
por los grandes empresarios y las transnacionales.
El banano orgánico debe manejarse con criterios
aun mas estrictos de la forma en que se ha trabajado con el café
orgánico y otros productos; especialmente debido a la sensibilidad
de los ecosistemas tropicales, la gran precipitación pluvial
que en muchos casos sobrepasa los 4 000 milímetros por año y
las condiciones especiales de los suelos tropicales, las que fácilmente
tienden a perder la fertilidad. Además, es importante que no
suceda lo mismo que con la certificación del café, producto
que se certifica principalmente por el manejo especifico en las fincas,
pero en el cual no se regula la contaminación en los ríos
causada por los beneficios. En ese sentido, se debe tener sumo cuidado
con el uso de productos aleatorios, tales como piolas u otros implementos
que se utilicen en el proceso.
De la utopía a la práctica
Se ha pasado de la utopía a la práctica;
ya son muchos los productores, técnicos, empresarios, profesionales,
magos y músicos que participan en este devenir. La gestión
y la acción se ensancha y es cuestión de tiempo que se
conozcan las graves consecuencias que ha significado para la salud de
la humanidad y del planeta el uso de agrotóxicos que impulsó
la llamada Revolución Verde. Hoy, los mismos que se enriquecieron
con la producción de agroquímicos invierten cientos de
millones de dólares en la nueva Revolución Biotecnológica;
también se dice que se solucionarán los problemas alimenticios
de la humanidad, que se aumentará la eficiencia en el combate
contra las plagas. Y así Shell, Ciba-Geigy y Sandoz, preparan
el proceso para adueñarse del germoplasma de los países del Sur.
Se han establecido en varios de estos países y se aprovechan
de los institutos y diversos organismos que investigan, venden o simplemente
entregan el patrimonio genético de nuestros países y de
la humanidad. En 1987, Henk Hobbelink, agrónomo holandés
de GRAIN (Acción Internacional por los Recursos Genéticos),
que ha profundizado en la temática y luchado fuertemente para
contrarrestar este nuevo y enorme negocio de las transnacionales, nos
decía: "Lo que más preocupa es el hecho de que estas compañías
tienen la oportunidad de combinar su liderazgo en producción
de plantas con su posición dominante en la fabricación
de pesticidas. El futuro del desarrollo agrícola en el Sur está
en juego".
La agricultura orgánica no es una técnica;
se encuadra en el campo vital de la humanidad, la agricultura, pero
también en el arte de lo posible. Y es en esta política
y junto a los movimientos ambientalistas, indígenas y alternativos,
en donde se definirán importantes luchas contra la patentación
del germoplasma, por la justicia en el comercio, por la revitalización
de los suelos, por la biodiversidad como un patrimonio de la humanidad
que no deberá ser propiedad de transnacionales o empresas. Será
entonces en la comunicación intercultural, en la práctica
agrícola y en la comprensión del mirar mirando de que
nos hablaba Moreliano Augusto, como esta agricultura del presente y
del futuro podrá extenderse y enmendar los errores cometidos
con la Madre Tierra. |